Naturaleza en la frontera
Por las tierras de Alaska y Yukon


Por © Roberto Bueno Hernández

 

 

Los indios nativos lo llamaban “yuchoo”, el gran río. A mediados del siglo XIX John Bell, comerciante de la Compañía de la Bahía de Hudson, acomodó la palabra india para dar nombre oficial al gran río que vertebra el noroeste de Norteamérica: el gran Río Yukon. Probablemente ninguno de ellos llegó a conocer nunca con aproximación su verdadera grandeza: 3190 Km. de arteria líquida que, sin saber de fronteras humanas, une dos de los territorios más vírgenes, legendarios y atrayentes que hay en nuestro planeta: Alaska y Yukon.

Una naturaleza salvaje y unos números abrumadores

El vuelo desde Vancouver, en la Columbia Británica, a Whitehorse, la capital del Yukon, fue de noche. A pesar de ello, o tal vez precisamente por ello, resultó espectacular. Durante cientos de kilómetros por encima de bosques y lagos sumidos en la tenue oscuridad de una noche de luna llena, no se divisaba una sola luz de procedencia humana que resplandeciera en la noche. Era algo asombroso. En la atestada Europa estamos habituados a distinguir, en medio de la noche, luces artificiales dispersas por cualquier punto del territorio, por lo que aquella primera experiencia visual en la noche canadiense llenaba nuestro espíritu de una soledad emocionante. Era el preámbulo de lo que experimentaríamos, con la luz del día, durante las próximas jornadas.

Sólo en la remota Patagonia había sentido algo parecido: la desbordante monotonía de un paisaje salvaje e inacabable. Escasas carreteras desiertas en mal estado y miles de kilómetros cuadrados de un paisaje sublime de taiga y tundra, ríos y montañas, nos acompañaron en nuestro periplo por la cuenca del Río Yukon. La escasez de infraestructuras y poblaciones convierten el trayecto en una ruta en deliciosa soledad.



Para hacerse una idea aproximada, lo mejor es conocer la contundencia de algunos números. Alaska, con una superficie tres veces la de España, tiene setecientos mil habitantes, de los cuales Anchorage cuenta con casi la mitad. Pero aún son más impactantes las cifras de Yukon: con una superficie algo menor que la de España, tiene una población de treinta mil habitantes, de los cuales diecinueve mil viven en Whitehorse. Eso quiere decir que las once mil personas restantes ocupan un territorio descomunal, “repartiéndose” ¡40 Km2 por habitante! cuando, a modo de comparación, en España hay 90 habitantes por cada kilómetro cuadrado.


Encuentros con los osos

La Dalton Highway es una “carretera” de 750 Km. que nace cerca de Fairbanks, en Alaska, y se dirige hacia el norte hasta alcanzar el Océano Ártico. Se abrió paso en medio de la taiga y la tundra en 1972, para dar cobertura logística a la construcción del oleoducto que transporta el petróleo desde Prudhoe Bay hasta el lejano Valdez, al sur de Alaska.
Siguiendo su trazado, de camino hacia el norte, paramos una noche a descansar donde el Círculo Polar Ártico corta la Dalton Highway. Al poco de llegar apareció desconfiado Mark, un hombre mayor, corpulento y de enorme barba blanca. Era lo más parecido a Papá Noel que nunca habíamos visto…excepto por un detalle: colgaba por fuera de la camisa un arnés con una pistola a un lado y un cargador lleno al otro. No era el primer hombre armado que veíamos en medio de los bosques de Alaska.

Mark era un radioaficionado que vivía en Anchorage, a 1.000 Km, y que en verano cuidaba de una pequeña emisora de radio en medio de la nada, justo en el Círculo Polar. La pistola le daba seguridad en medio de la inmensa naturaleza que cubre Alaska. Amable tras saber de nuestras intenciones viajeras, nos enseñó una muestra de sus preocupaciones: las garras marcadas de un oso grizzly en la puerta de madera de las letrinas del lugar. En invierno intentan derribarlas en busca de un lugar recogido y confortable para hivernar. Así ocurrió el año pasado en un pequeño motel que hay en Yukon Crossing, donde la Dalton cruza el río Yukon. Allí el grizzly consiguió entrar el pasado invierno, derribando los ventanales y haciendo estragos en las instalaciones antes de echarse a dormir. Nunca más despertaría pues el dueño, a su regreso, tuvo que abatirlo al encontrarle en el pasillo.


Días antes, en territorio del Yukon canadiense, habíamos tenido dos encuentros con osos grizzly y otros dos con osos negros a orillas de las pocas y desiertas carreteras que cruzan el territorio. Suelen frecuentar las zonas donde estas atraviesan los bosques de taiga. Allí el bosque suele ser menos frondoso, permitiendo el crecimiento de hierba fresca y arbustos con bayas. Vimos comportarse a los osos como verdaderos herbívoros, pues además de deleitarse con fresas salvajes, arándanos y todo tipo de bayas, comían gran cantidad de flores y hierba. Era asombroso, para nuestra experiencia europea, la naturalidad con que se comportaban ante nosotros, sin temores ni huidas apresuradas.

Así es la vida salvaje en esta tierra. A pesar de las dimensiones tan grandes del territorio es relativamente fácil ver animales salvajes y, aparte de grizzlies y osos negros, pudimos observar y ser observados por inquietos perrillos de las praderas, caribúes siempre en continua marcha e incluso ver en varias ocasiones a los más esquivos alces. En un frondoso bosque de píceas de la frontera, un curioso azor nos “persiguió” por las copas de los árboles como si fuéramos los primeros humanos que veía. Y esperando el avión de vuelta en Whitehorse, en los árboles cercanos al pequeño aeropuerto, un ejemplar joven de la majestuosa águila calva americana posó con tranquilidad para nosotros pocos minutos antes de embarcar.

Tierra de fuegos ...

Los bosques del Yukon canadiense y la zona fronteriza con Alaska cubren una superficie cercana a los quinientos mil Km2, aproximadamente el tamaño de España. La vastedad del territorio forestal hace que los incendios sean de dimensiones igualmente descomunales para nuestra escala europea. En un año promedio más de 200 fuegos calcinan unas doscientas cincuenta mil hectáreas, habiéndose registrado algunos de proporciones que quedan para la historia, como el ocurrido en Braeburn que quemó 147.000 hectáreas de bosque entre el 19 de mayo y el 28 de agosto de 1958.



Los fuegos provocados por los rayos causan casi la mitad del número total y aproximadamente el 95% de la superficie afectada. Este tipo de fuegos suelen ocurrir en zonas remotas y, aunque vigilados, no son activamente combatidos a menos que afecten a algún asentamiento humano. El conocimiento que se tiene actualmente del papel esencial que desempeñan los fuegos en la renovación de los bosques boreales, conlleva una gestión de los mismos basados en la no intervención. Ramas, hojas, acículas y humus forman durante años una barrera de materia orgánica que bloquea el acceso de las nuevas semillas y de la luz solar hacia el suelo, impidiendo el contacto de nuevas plantas con los minerales esenciales del suelo que hay debajo. Los incendios forestales eliminan esa capa de material orgánico, permitiendo un nuevo ciclo de regeneración del bosque con la aparición de plantas que aprovechan este nuevo estatus.


Es especialmente llamativo y fotogénico el paisaje recién quemado, con un contraste acusado entre los troncos negruzcos de las píceas quemadas, el verde de las que se han salvado, y las enormes extensiones de color rosado que ocupa rápidamente una de las primeras plantas colonizadoras: la fireweed (Epilobium angustifolium).



Además, en función del viento, la humedad o el tipo de vegetación, el fuego avanza de manera irregular, componiendo extensos mosaicos de vegetación de diferentes edades y especies. Estos mosaicos tienen una mayor riqueza de vida salvaje, tanto de fauna como de flora, que la de un bosque boreal uniforme, añadiendo así biodiversidad a un territorio donde ésta no es especialmente abundante.


... y mares de hielo

La verdadera joya de la región canadiense de Yukon es el Parque Nacional Kluane, que tiene el segundo pico más alto de Norteamérica, el Monte Logan, que con 5.959 m sólo es superado por el Monte McKinley en Alaska. Este parque de Canadá se une en el lado estadounidense con el Parque Nacional Wrangell Saint Elias. Entre ambos suman 75.000 Km2 de macizos montañosos con picos aún por escalar, lagos sin nombre, glaciares descomunales y extensos campos de hielo ártico. Son 75000 Km2, ¡casi el tamaño de Irlanda!, de naturaleza virgen. La mejor manera de asimilar tal inmensidad de hielo y cadenas montañosas es a vista de pájaro. Una sencilla avioneta, un rudimentario aeropuerto y un piloto local, te hacen sentir como en la serie “Doctor en Alaska”...


Los gigantescos campos de hielo del Kluane son, junto con los de la Patagonia andina, los más grandes del mundo fuera de las áreas polares. Grandes cantidades de nieve se acumulan continuamente conforme el aire húmedo del Océano Pacífico choca con la cordillera Saint Elias. Hay valles glaciares, como el de Lowell, que se extiende 65 km desde los campos de hielo antes de morir en las tierras bajas, donde el lago del mismo nombre recoge sus témpanos desprendidos del frente glaciar. Estos llegaron a bloquear en el pasado el Alsek River a modo de gigantesca presa. Según cuentan, en el año 1850 la presa de hielo rompió, drenando todo el agua acumulada en dos días, con caudales comparables al del río Amazonas. Las huellas geológicas de tal avalancha pueden verse aún hoy a lo largo de la Alaskan Highway cerca de Haines Junction.


Muchas lecciones por aprender de geología, ecosistemas, vida salvaje e incluso conocimiento del comportamiento humano en medio de la naturaleza. Al final del viaje, tras colocar tantas vivencias en la cabeza, el único debate personal es tratar de encontrar una preferencia: los osos, los glaciares, el río Yukon, los bosques eternos o simplemente la sensación de reconfortante soledad que los humanos hemos llegado a perder casi sin darnos cuenta. Volveremos...

© Roberto Bueno
Diciembre 2008


 
 

 

         

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