Los
indios nativos lo llamaban “yuchoo”, el gran río.
A mediados del siglo XIX John Bell, comerciante de la Compañía
de la Bahía de Hudson, acomodó la palabra india
para dar nombre oficial al gran río que vertebra el noroeste
de Norteamérica: el gran Río Yukon. Probablemente
ninguno de ellos llegó a conocer nunca con aproximación
su verdadera grandeza: 3190 Km. de arteria líquida que,
sin saber de fronteras humanas, une dos de los territorios más
vírgenes, legendarios y atrayentes que hay en nuestro
planeta: Alaska y Yukon.
Una
naturaleza salvaje y unos números abrumadores
El
vuelo desde Vancouver, en la Columbia Británica, a Whitehorse,
la capital del Yukon, fue de noche. A pesar de ello, o tal vez
precisamente por ello, resultó espectacular. Durante
cientos de kilómetros por encima de bosques y lagos sumidos
en la tenue oscuridad de una noche de luna llena, no se divisaba
una sola luz de procedencia humana que resplandeciera en la
noche. Era algo asombroso. En la atestada Europa estamos habituados
a distinguir, en medio de la noche, luces artificiales dispersas
por cualquier punto del territorio, por lo que aquella primera
experiencia visual en la noche canadiense llenaba nuestro espíritu
de una soledad emocionante. Era el preámbulo de lo que
experimentaríamos, con la luz del día, durante
las próximas jornadas.
Sólo en la remota Patagonia había sentido algo
parecido: la desbordante monotonía de un paisaje salvaje
e inacabable. Escasas carreteras desiertas en mal estado y miles
de kilómetros cuadrados de un paisaje sublime de taiga
y tundra, ríos y montañas, nos acompañaron
en nuestro periplo por la cuenca del Río Yukon. La escasez
de infraestructuras y poblaciones convierten el trayecto en
una ruta en deliciosa soledad.

Para hacerse una idea aproximada, lo mejor es conocer la contundencia
de algunos números. Alaska, con una superficie tres veces
la de España, tiene setecientos mil habitantes, de los
cuales Anchorage cuenta con casi la mitad. Pero aún son
más impactantes las cifras de Yukon: con una superficie
algo menor que la de España, tiene una población
de treinta mil habitantes, de los cuales diecinueve mil viven
en Whitehorse. Eso quiere decir que las once mil personas restantes
ocupan un territorio descomunal, “repartiéndose”
¡40 Km2 por habitante! cuando, a modo de comparación,
en España hay 90 habitantes por cada kilómetro
cuadrado.

Encuentros con los osos
La
Dalton Highway es una “carretera” de 750 Km. que
nace cerca de Fairbanks, en Alaska, y se dirige hacia el norte
hasta alcanzar el Océano Ártico. Se abrió
paso en medio de la taiga y la tundra en 1972, para dar cobertura
logística a la construcción del oleoducto que
transporta el petróleo desde Prudhoe Bay hasta el lejano
Valdez, al sur de Alaska.
Siguiendo su trazado, de camino hacia el norte, paramos una
noche a descansar donde el Círculo Polar Ártico
corta la Dalton Highway. Al poco de llegar apareció desconfiado
Mark, un hombre mayor, corpulento y de enorme barba blanca.
Era lo más parecido a Papá Noel que nunca habíamos
visto…excepto por un detalle: colgaba por fuera de la
camisa un arnés con una pistola a un lado y un cargador
lleno al otro. No era el primer hombre armado que veíamos
en medio de los bosques de Alaska.
Mark era un radioaficionado que vivía en Anchorage, a
1.000 Km, y que en verano cuidaba de una pequeña emisora
de radio en medio de la nada, justo en el Círculo Polar.
La pistola le daba seguridad en medio de la inmensa naturaleza
que cubre Alaska. Amable tras saber de nuestras intenciones
viajeras, nos enseñó una muestra de sus preocupaciones:
las garras marcadas de un oso grizzly en la puerta de madera
de las letrinas del lugar. En invierno intentan derribarlas
en busca de un lugar recogido y confortable para hivernar. Así
ocurrió el año pasado en un pequeño motel
que hay en Yukon Crossing, donde la Dalton cruza el río
Yukon. Allí el grizzly consiguió entrar el pasado
invierno, derribando los ventanales y haciendo estragos en las
instalaciones antes de echarse a dormir. Nunca más despertaría
pues el dueño, a su regreso, tuvo que abatirlo al encontrarle
en el pasillo.

Días antes, en territorio del Yukon canadiense, habíamos
tenido dos encuentros con osos grizzly y otros dos con osos
negros a orillas de las pocas y desiertas carreteras que cruzan
el territorio. Suelen frecuentar las zonas donde estas atraviesan
los bosques de taiga. Allí el bosque suele ser menos
frondoso, permitiendo el crecimiento de hierba fresca y arbustos
con bayas. Vimos comportarse a los osos como verdaderos herbívoros,
pues además de deleitarse con fresas salvajes, arándanos
y todo tipo de bayas, comían gran cantidad de flores
y hierba. Era asombroso, para nuestra experiencia europea, la
naturalidad con que se comportaban ante nosotros, sin temores
ni huidas apresuradas.
Así es la vida salvaje en esta tierra. A pesar de las
dimensiones tan grandes del territorio es relativamente fácil
ver animales salvajes y, aparte de grizzlies y osos negros,
pudimos observar y ser observados por inquietos perrillos de
las praderas, caribúes siempre en continua marcha e incluso
ver en varias ocasiones a los más esquivos alces. En
un frondoso bosque de píceas de la frontera, un curioso
azor nos “persiguió” por las copas de los
árboles como si fuéramos los primeros humanos
que veía. Y esperando el avión de vuelta en Whitehorse,
en los árboles cercanos al pequeño aeropuerto,
un ejemplar joven de la majestuosa águila calva americana
posó con tranquilidad para nosotros pocos minutos antes
de embarcar.

Tierra
de fuegos ...
Los bosques del Yukon canadiense y la zona fronteriza con Alaska
cubren una superficie cercana a los quinientos mil Km2, aproximadamente
el tamaño de España. La vastedad del territorio
forestal hace que los incendios sean de dimensiones igualmente
descomunales para nuestra escala europea. En un año promedio
más de 200 fuegos calcinan unas doscientas cincuenta
mil hectáreas, habiéndose registrado algunos de
proporciones que quedan para la historia, como el ocurrido en
Braeburn que quemó 147.000 hectáreas de bosque
entre el 19 de mayo y el 28 de agosto de 1958.
Los fuegos provocados por los rayos causan casi la mitad del
número total y aproximadamente el 95% de la superficie
afectada. Este tipo de fuegos suelen ocurrir en zonas remotas
y, aunque vigilados, no son activamente combatidos a menos que
afecten a algún asentamiento humano. El conocimiento
que se tiene actualmente del papel esencial que desempeñan
los fuegos en la renovación de los bosques boreales,
conlleva una gestión de los mismos basados en la no intervención.
Ramas, hojas, acículas y humus forman durante años
una barrera de materia orgánica que bloquea el acceso
de las nuevas semillas y de la luz solar hacia el suelo, impidiendo
el contacto de nuevas plantas con los minerales esenciales del
suelo que hay debajo. Los incendios forestales eliminan esa
capa de material orgánico, permitiendo un nuevo ciclo
de regeneración del bosque con la aparición de
plantas que aprovechan este nuevo estatus.
Es especialmente llamativo y fotogénico el paisaje recién
quemado, con un contraste acusado entre los troncos negruzcos
de las píceas quemadas, el verde de las que se han salvado,
y las enormes extensiones de color rosado que ocupa rápidamente
una de las primeras plantas colonizadoras: la fireweed (Epilobium
angustifolium).

Además, en función del viento, la humedad o el
tipo de vegetación, el fuego avanza de manera irregular,
componiendo extensos mosaicos de vegetación de diferentes
edades y especies. Estos mosaicos tienen una mayor riqueza de
vida salvaje, tanto de fauna como de flora, que la de un bosque
boreal uniforme, añadiendo así biodiversidad a
un territorio donde ésta no es especialmente abundante.
... y mares de hielo
La
verdadera joya de la región canadiense de Yukon es el
Parque Nacional Kluane, que tiene el segundo pico más
alto de Norteamérica, el Monte Logan, que con 5.959 m
sólo es superado por el Monte McKinley en Alaska. Este
parque de Canadá se une en el lado estadounidense con
el Parque Nacional Wrangell Saint Elias. Entre ambos suman 75.000
Km2 de macizos montañosos con picos aún por escalar,
lagos sin nombre, glaciares descomunales y extensos campos de
hielo ártico. Son 75000 Km2, ¡casi el tamaño
de Irlanda!, de naturaleza virgen. La mejor manera de asimilar
tal inmensidad de hielo y cadenas montañosas es a vista
de pájaro. Una sencilla avioneta, un rudimentario aeropuerto
y un piloto local, te hacen sentir como en la serie “Doctor
en Alaska”...

Los gigantescos campos de hielo del Kluane son, junto con los
de la Patagonia andina, los más grandes del mundo fuera
de las áreas polares. Grandes cantidades de nieve se
acumulan continuamente conforme el aire húmedo del Océano
Pacífico choca con la cordillera Saint Elias. Hay valles
glaciares, como el de Lowell, que se extiende 65 km desde los
campos de hielo antes de morir en las tierras bajas, donde el
lago del mismo nombre recoge sus témpanos desprendidos
del frente glaciar. Estos llegaron a bloquear en el pasado el
Alsek River a modo de gigantesca presa. Según cuentan,
en el año 1850 la presa de hielo rompió, drenando
todo el agua acumulada en dos días, con caudales comparables
al del río Amazonas. Las huellas geológicas de
tal avalancha pueden verse aún hoy a lo largo de la Alaskan
Highway cerca de Haines Junction.

Muchas
lecciones por aprender de geología, ecosistemas, vida
salvaje e incluso conocimiento del comportamiento humano en
medio de la naturaleza. Al final del viaje, tras colocar tantas
vivencias en la cabeza, el único debate personal es tratar
de encontrar una preferencia: los osos, los glaciares, el río
Yukon, los bosques eternos o simplemente la sensación
de reconfortante soledad que los humanos hemos llegado a perder
casi sin darnos cuenta. Volveremos...

©
Roberto Bueno
Diciembre 2008