Cuando los primeros españoles pisaron lo que hoy
es tierra argentina se encontraron con dos serias amenazas:
la resistencia de los indígenas y los ataques de
un gran gato al que -por similitud con lo ya conocido-
mal nombraron Tigre, a pesar de que su apariencia se acerca
más a la del leopardo que a la del rayado gato
asiático. En aquella época, nuestro yaguareté
-”verdadera fiera” en guaraní- alcanzaba
montes al sur del río Colorado en la Patagonia
y desde allí hacia el norte -con excepción
de la cordillera- se lo hallaba en todos los rincones
del país, siendo sus poblaciones realmente abundantes.
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©
Nicolás Lodeiro Ocampo / Red Yaguareté
Hoy, 470 años después, la realidad es muy
distinta. Apenas si se lo encuentra en las tres regiones
menos modificadas del norte: la franja superior de las
yungas de Salta y Jujuy, el Chaco semiárido en
porciones poco estudiadas de Salta, Formosa, Chaco y Santiago
del Estero y en algunos rincones de la muy herida selva
misionera. En áreas de Chaco húmedo recientemente
han aparecido ejemplares aislados, que posiblemente sean
los últimos de esas zonas.
Es sin dudas el más difícil de observar
de todos los gatos grandes, señor absoluto de los
pagos donde mora, su mirada penetrante de pupilas redondas,
sus patas habitualmente cortasen relación al cuerpo,
su aspecto pesado y la cara bien ancha, le dan un aspecto
inigualable en relación a otros felinos.Endiosado
por innumerables grupos aborígenes desde México
hasta nuestras tierras, al tigre le encanta el agua, puede
cruzar ríos bien anchos y caudalosos y alimentarse
de todo lo que a su alrededor encuentre, desde yacarés
y carpinchos hasta ranas y peces.

© Red Yaguareté
Con sus habitualmente 80-100 kg. de peso en nuestras latitudes,
sus hábitos cada vez mas nocturnos para evitar
al hombre y una presencia que sigue imponiendo respeto
y causando temor en iguales proporciones entre los pobladores,
el tercer gato en tamaño del planeta y nuestro
tigre criollo aún resiste el embate de los desmontes
y la caza de que es objeto, fundamentalmente como represalia
por sus ataques al ganado doméstico: allí
donde siempre hubieron antas, chanchos de monte, corzuelas
y demás bichos nativos para comer, ahora se cruza
cada vez más frecuentemente con el ganado doméstico,
que le resulta muy fácil de cazar. Como buen superpredador
y cazador oportunista que es cede a la tentación
y paga el precio mas alto por atacarlos.
Si bien ya no existe un mercado interesado en su piel
rosetada como hacia principios del Siglo XIX, cuando más
de 2.000 pieles al año salían del puerto
de Buenos Aires hacia Europa, si se recorre sigilosamente
algunas talabarterías del centro porteño,
el ojo entrenado todavía puede encontrar algún
cuero overo medio escondido por ahí.

© Belén Etchegaray /
FNA
Lejos de su señorío en amplios territorios,
hoy encuentra sus mejores refugios en los Parques Nacionales
Baritú (Salta), Calilegua (Jujuy), Copo (Santiago
del Estero) e Iguazú (Misiones) y en diversas áreas
protegidas provinciales (Loro hablador y Fuerte Esperanza
en Chaco, Urugua-í, Esmeralda y Moconá en
Misiones, Laguna Pintascayo y Acambuco en Salta, Copo
en Santiago del Estero, etc.) y nacionales (como Formosa
o Nogalar -Salta-). En el Parque Nacional Río Pilcomayo
(Formosa) hay registros ocasionales. Sin embargo esto
que puede parece mucho, es realmente poco: no le alcanza.
Su territorios son muy amplios y no respetan los límites
impuestos por la civilización, necesita de corredores
con monte en pie para poder moverse a gusto y cada hectárea
desmontada aumenta la posibilidad de cruzarse con el hombre,
su único enemigo serio.
El destino del Tigre está atado al de las selvas
y montes nativos. Hoy, el mejor resguardo para el Overo
-como se lo llama en el noroeste- son los sitios más
remotos, como el Parque Nacional Baritú y sus zonas
periféricas. De allí hasta el Parque Nacional
Calilegua hay selva continua y en relativamente buen estado
de conservación, baja densidad de pobladores humanos
y buena disponibilidad de presas.
En Misiones, la provincia con la que más se lo
identificó desde siempre, la situación es
alarmante; los desmontes sin planificación no cesan,
la enorme cantidad de leyes ambientales -muy buenas en
la teoría- no se cumplen efectivamente y es cada
vez más frecuente que se registren apariciones
de tigres muy cerca de poblados, como el increíble
suceso de mayo de 2.004 cuando un joven manchado fue muerto
en el patio de una casa en Puerto Libertad.

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FNA
Un estudio reciente asegura que no quedan siquiera 50
ejemplares en el millón de hectáreas de
selva que aún hay en pie en la provincia. En la
región chaqueña, donde menos información
existe, la situación no parece ser demasiado mejor.
Allí, el corredor natural entre el Parque Nacional
Copo (Santiago del Estero) y el Bañado La Estrella
(Formosa) es la zona clave a resguardar.
La protección que le dio la ley que lo declara
Monumento Natural Nacional (y sus símiles provinciales
en Misiones, Chaco y Salta), no tiene reglamentación
ni aplicación práctica y es urgente diseñar
y aplicar un plan a nivel nacional que fije y lleve adelante
políticas de manejo para los últimos ejemplares
que nos quedan: cómo actuar ante conflictos con
el hombre, establecer áreas fuera de las reservas
donde el monte no pueda ser transformado totalmente (léase
tala rasa, quema y transformación a monocultivos
industriales), penar seria y ejemplificadoramente a los
cazadores y/o portadores de cueros y/o derivados como
cráneos, garras, generar un equipo de monitoreo
constante de las poblaciones, implementar acciones de
educación y comunicación eficientes, etc.

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FNA
En junio de 2004 se realizó con ese objetivo el
Primer Taller Nacional para la Conservación
del Yaguareté en Argentina, convocado
por la Administración de Parques Nacionales. Un
primer paso que debe acelerarse en forma urgente antes
que sea tarde, ya han pasado dos años y la continuidad
acordada allí no se concretó. En el próximo
mes de octubre habrá un nuevo encuentro, pero urge
mejorar en la organización y planificación.
No tenemos mucho más tiempo: se nos va el Tigre.

© Belén Etchegaray /
FNA
Pero a pesar de la grave situación, estamos en
el momento clave para recuperarlo y no perderlo para siempre,
reconforta ver que cada día más y más
personas se interesan en hacer su parte, en sumarse en
la búsqueda de soluciones y en poner su esfuerzo
desinteresado. Hoy el Overo no está solo, somos
muchos los que lo bancamos, los que no nos resignaremos
a verlo partir tan fácilmente y que estamos dispuestos
a hacer lo que haga falta para protegerlo, así
como a sus últimas selvas, que son nuestras también.
El camino es duro y el panorama complicado, pero allí
es donde se libra esta real batalla para detener su extinción.
Resumimos el porqué de nuestros esfuerzos en una
simple frase.. ¿Qué sería del monte
sin el Tigre?
©
Nicolás Lodeiro Ocampo / Red Yaguareté