
Minolta Dynax 9Xi; objetivo 28 mm a f/19 y 1 seg de exposición.
Kodak Ektachrome 50 Iso
Siempre me han fascinado los grandes espacios naturales
de todo el mundo. La contemplación en libros y
revistas de espectaculares fotografías de parajes
que siempre deseé conocer, no hacía más
que aumentar mi interés por ellos.
Con el tiempo he ido pudiendo conocer algunos de esos
lugares. Así, y con una
pasión paralela por la fotografía, he ido
llenando a la vez mi memoria reciente y mi archivo fotográfico
con imágenes similares a aquellas que me hicieron
soñar durante muchos años, pero con mi propia
visión personal.

Sin embargo, cuando repaso mis diapositivas delante de
la mesa de luz, percibo que con frecuencia no son esas
fotografías de lugares increíbles las que
han dejado en mi memoria los recuerdos más vivos.
Ni tampoco son las que reflejan con más
fidelidad aquello que de verdad quería dejar plasmado
en la película. Son otras imágenes las que
me suelen evocar esos momentos. Y así, el contraluz
en una helada hoja de roble, los colores del otoño
esparcidos por el suelo o un pequeño arroyo
en el bosque pueden traer a mi cabeza sensaciones más
intensas que la imagen de un impecable lago de montaña
rodeado de enormes cumbres nevadas.
En general, tendemos a asociar únicamente la fotografía
de paisajes con imágenes de grandes espacios abiertos,
de impactante orografía, con lagos de ensueño,
atrevidas montañas colmadas de nieve, o inacabables
desiertos de arena o hielo. Pero
el paisaje abarca mucho más, o quizás habría
que decir mucho menos, que esos grandes escenarios naturales
que estamos acostumbrados a ver en las imágenes
de cualquier medio editorial.
El paisaje también es lo pequeño, lo escondido,
lo intuible, lo disimulado y también lo transfigurable.
Y el lugar donde encuentro con más facilidad todas
esas "menudencias
fotográficas", es el bosque.

En él he podido hallar, año tras año,
todo esto. Y como valor añadido lo tenía
al lado de mi casa. No hacían falta ni costosos
desplazamientos ni viajes planificados. El bosque siempre
estaba allí. Y allí he conseguido sentir
como en ningún otro lado la sensación de
fotografiar aquello que realmente quería, sin imágenes
tópicas, sin las prisas del viaje rápido,
sin la auto-obligación consciente de hacer la fotografía
acucia-
do por la incertidumbre del regreso al mismo lugar.
La cercanía del bosque me permite ir regularmente,
proporcionándome la tranquilidad necesaria para
buscar la mejor luz, el detalle más escondido y
la composición más cuidada.
La asiduidad, por su parte, me ayuda a conocer el terreno
a fondo, facilitándome la búsqueda del motivo
idóneo en cualquier época del año
o condición de iluminación.
Y todas estas cosas se combinan de manera mágica,
para sacar a través de mi cámara las imágenes
de "pequeños paisajes", que reflejen
con fidelidad lo que mi ojo y mi consciencia quisieron
plasmar en la fotografía.
Los fotógrafos norteamericanos lo llaman "the
intimate landscape". Es el paisaje más íntimo.
Os invito a descubrir el vuestro propio y aprender a disfrutarlo.

He
pasado en muchas ocasiones por encima de este arroyo,
con todo tipo de luz y condiciones meteorológicas.
He hecho allí fotografías con la lujuriosa
frondosidad de la primavera, con la blanca uniformidad
de las nevadas invernales y con la intensa pero filtrada
luz del verano. Pero, de todas ellas, me quedo con esta
austera imagen otoñal, pues refleja como ninguna
cómo veo y siento yo este paisaje tan próximo.
En un día gris, el blanco curso del arroyo con
sus pequeñas cascadas arranca luz a una escena
que carecía de ella. La visión del espectador
es dirigida desde el primer
plano hacia el fondo, creando "profundidad de campo"
en su término más literal.
Exposiciones largas, a partir de medio segundo, dan volumen
y textura al agua y permiten sacar partido añadido
a pequeñas corrientes fluviales y hacerlas protagonistas
de imágenes que, a priori, pudieran resultar con
pocos alicientes.
Endías claros y limpios de
nubes, la azul bóveda que recubre el cielo hace
las veces de un gigantesco reflector de la luz solar.
En estas condiciones atmosféricas, en los lugares
en sombra donde la cálida luz del sol no llega
de manera directa, el ambiente se baña con una
fría luz azulada procedente del cielo, que las
películas fotográficas registran de manera
acusada.
Este fenómeno es conocido por los fotógrafos
que suelen utilizar, para contrarrestar este efecto, los
llamados filtros cálidos que, con diferentes graduaciones
(81A, 81B, 81C), compensan la dominante azulada que pudiera
reflejar la película. Su uso, al igual que el de
otros filtros, debe ser mesurado para no crear sensaciones
artificiales y engañosas en la imagen.

Olympus OM-20; objetivo 100-300 mm a f/16 y 1 seg de exposición.
Kodak Elite 100.
Sin embargo, en esta fotografía de unos carámbanos
colgando de un tronco de abedul opté, en contra
de lo que parecía más ortodoxo, por no usar
este tipo de filtro
para reflejar mejor en la imagen el ambiente de aquella
mañana: azul, fría e hiriente como el propio
hielo.
Con
frecuencia, en el bosque no resulta fácil disponer
de una iluminación adecuada. En primavera y verano
la frondosidad de los árboles reduce sustancialmente
la cantidad de luz que llega al suelo. En otoño
e invierno, con las ramas desnudas de hojas, la luz solar
ilumina con más facilidad el bosque, pero por el
contrario aumentan los días nublados.
A resultas de todo ello, suele ocurrir que cuando encontramos
la composición deseada en un hermoso rincón,
acabamos lamentándonos por lo oscura que está
la jornada. Lejos de desanimarnos, haremos el esfuerzo
de ver el paisaje con "ojos claros"
y recurrir a una larga exposición para descubrir
los detalles que se esconden bajo el dosel del bosque.
Es el momento de sacar el trípode. Sujetando la
cámara en su cabezal, podremos tener abierto el
obturador el tiempo necesario para arrebatar a la oscuridad
la gama de colores que la falta de luz nos niega. Además,
con un diafragma muy cerrado, obtendremos una gran profundidad
de campo que nos asegura nitidez en toda la dimensión
de la imagen.
Películas de alta saturación como las Kodak
E100 VS (ahora E100 G), o la Fuji Velvia 50 son excelentes
en estas situaciones.
Una
buena fotografía ha de tener una luz óptima,
una ejecución impecable y una composición
ajustada en la que nada falte y nada sobre. El primer
factor, aunque previsible, es dificilmente controlable
en la fotografía de paisajes, si exceptuamos el
uso del flash o reflectores. En el segundo factor, el
fotógrafo ha de esmerarse para evitar frustraciones
irreversibles al ver el carrete revelado.
Tal vez sea el tercero, la composición, el más
identificable con la visión personal que el fotógrafo
tiene de la Naturaleza y el paisaje.
La composición es la disposición singular
y ordenada de los elementos dentro del encuadre. Salvo
la obligada exclusión de la imagen de todo aquello
que pudiera distraer al observador, restar protagonismo
al motivo principal o disminuir la fuerza de la escena,
la composición es un concepto a la medida exclusiva
del artista. Evalocionará con su experiencia en
el campo, con su observación del paisaje y con
sus vicencias personales en la Naturaleza, siendo la parcela
más creativa del trabajo del fotógrafo.

Minolta F90Xi; objetivo 60 mm a f/8 y 1/250 seg de exposición.
Kodak E 100 SW
©
Roberto Bueno / NS
APUNTES
FOTOGRAFICOS
- Todas
las fotos están hechas en los bosques atlánticos
de robles y castaños de la Sierra de Béjar,
Salamanca (España). Pero esto es una cuestión
circunstancial (es mi tierra natal). Cada uno puede encontrar
su paisaje más íntimo en cualquier parte
y en cualquier manifestación de la Naturaleza.
- Que ni
el frío, la niebla, la lluvia o la pereza te impidan
disfrutar de las maravillas del bosque en cualquier época
o circunstancia. Las estaciones sólo son cuatro,
pero las combinaciones ambientales son infinitas y cada
momento único.
- El uso
de filtros cálidos (81B/C) es recomendable en el
interior del bosque en días claros.
- Una herramienta
importante por su utilidad práctica a la hora de
crear composiciones en el bosque es el zoom. Su variable
longitud focal nos permite explorar con comodidad las
diferentes posibilidades de detalle que el bosque nos
ofrece.
Al poder modificarla sin cambiar el objetivo, nos es tremendamente
útil para desechar aquellos elementos que distorcionan
la armonía en el encuadre, resaltando por eliminación
aquello que realmente nos interesa.
- Utiliza
el formato vertical en tus fotografías. Acostumbrados
a dotografiar en horizontal por la posición física
de nuestros ojos, inconscientemente nos cuesta encuadrar
en vertical. Pero el bosque, reino de los árboles,
de las plantas y de las cascadas que crecen y se descuelgan
por doquier, es el escenario ideal para componer en este
tipo de encuadre. Aprovecha la oportunidad.
©
Roberto Bueno / NS