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Jorba / FNA
El
cóndor andino (Vultur gryphus ) no nació
para cazar, atacando animales vivos muy eventualmente.
Estos pecadillos circunstanciales bastaron para que se
ganara el odio de los ganaderos quienes lo acusan de "bicho
dañino", con más prejuicio que razón.
A esta amenaza se le suman su baja tasa de reproducción,
las transformaciones a la que está expuesta su
hábitat, la sustancial disminución de las
especies silvestres y domésticas de las que se
alimenta, el ser tomados como blanco de inescrupulosos
cazadores y el envenenamiento por ingestión de
carroña envenenada, son sólo algunas de
las causas que explican porque esta magnifica ave esta
al borde de la extinción a pesar de la protección
legal de la que goza.
Países como Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú
y Bolivia, han sufrido una disminución marcadamente
significativa. Afortunadamente, desde 1991 un equipo de
biólogos del Zoo de Buenos Aires, está realizando
una interesante experiencia criando pichones para reintroducirlos
en sus ambientes naturales que, sin dudas, ayudará
a que el cóndor andino vuelva a volar en los lugares
en donde desapareció.
En la naturaleza, una pareja de cóndores pone un
huevo cada dos o tres años. En cautiverio, mediante
la técnica de puesta múltiple implementada
por los especialistas, se logran varias puestas anuales.
De esta manera, se logra optimizar el ciclo reproductivo
natural de esta especie.


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Bioandina
Una vez retirado el huevo, se lo incuba durante dos meses
en el Centro de Incubación Artificial del Zoo de
Buenos Aires, donde se sigue su desarrollo con mucho cuidado
hasta su nacimiento. Cuando el pichón pica la cáscara
para nacer, es asistido por profesionales para minimizar
los peligros de esta etapa.
Una vez nacidos, son alojados en nurserys especiales donde
no tienen contacto con la presencia humana. Durante los
dos meses siguientes, se lo alimenta y asiste utilizando
títeres de látex que se constituyen en sus
padres adoptivos para asegurar el reconocimiento de su
especie y a través de ellos se los alimenta, cría
y ofrecen los cuidados necesarios.

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Aproximadamente al año de vida, pasan al recinto
externo; en él, y en compañía de
cóndores adultos que cumplen el rol de maestros,
permanecen hasta que hallan completado el plumaje juvenil,
donde son trasladados a la plataforma silvestre de liberación.

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Antes del esperado momento, se les coloca en sus alas
transmisores satelitales para poder monitorear el desarrollo
y la adaptación al medio. Así, se conocen
nuevos aspectos biológicos y de comportamiento
que ayudan, a tomar otras decisiones para la conservación
de estas fabulosas aves.
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Belén Etchegaray/ FNA