El
paisaje es el escenario natural donde el fotógrafo
se interna en busca de las imágenes que la Naturaleza
ofrece. Empaparse en ella y descubrir los caprichos de
la luz forma parte del embrujo de nuestra pasión
fotográfica.

El
paisaje es luz
Todo lo que vemos con nuestros ojos, no es más
que la luz que se refleja en aquello que está dentro
de nuestro alcance visual. Dependiendo de la calidad y
el color de la luz que reciba, nuestra percepción
de un mismo entorno puede variar de manera considerable.
De todos los elementos que concurren para que la imagen
de un paisaje se convierta en una fotografía especial,
es la luz -por encima del propio motivo o de la composición
final- la que tiene una mayor importancia cualitativa.
La luz adquiere categoría de mágica en los
dos extremos opuestos del día, inundando el paisaje
con alargadas sombras que contrastan con fugaces y cálidas
formas. Es en los crepúsculos y amaneceres cuando
la luz del sol recorre una distancia más grande
a través de la atmósfera terrestre. En ese
recorrido, los haces de luz se encuentran con un mayor
número de partículas de polvo y vapor de
agua suspendidas en el aire, difractándose en ellas,
hasta convertirse en ese cálido matiz naranja que
tantas imágenes de atardeceres -con el sol como
protagonista del encuadre- ha dado. En esos instantes,
es precisamente en la dirección opuesta al sol
donde se consigue la mejor luz, ya que ésta se
refleja en el paisaje dándole especial color y
relieve, creando texturas en rocas y árboles que
no se observan en ningún otro momento del día.
Lo efímero de estas luces obliga al fotógrafo
a estar allí, en ese momento, y con todo su
equipo preparado, soportando el madrugón o con
el riesgo de que no le esperen a cenar.
Pero
no siempre la luz del sol incide directamente sobre el
paisaje bañándolo con cálidos colores,
ni todo es alba u ocaso, ni solo esos momentos provocan
buenas imágenes. La Naturaleza nos regala con infinita
variedades de luz que hacen que nuestro trabajo fotográfico
pueda ser diverso y sorprendente.
Una de esas ocasiones es cuando la luz del sol llega a
la Tierra filtrada por un fino velo de nubes que, sin
oscurecer el paisaje, la difunde de manera uniforme, creando
un agradable efecto de luz difusa que atenúa reflejos
y suaviza las sombras. Las luces
intensas y las sombras densas tienden a encontrarse en
un punto en el que los detalles, antes escondidos tras
los fuertes contrastes de un día soleado, empiezan
a aparecer.
Esta situación es bien conocida y aprovechada por
los fotógrafos de flora silvestre, ya
que las nubes hacen de gigantesco reflector y eliminan
las duras iluminaciones de un sol directo. Es el reino
de los tonos medios, en el que desaparecen casi por completo
los problemas de exposiciones extremas que la luz intensa
del Sol provoca con frecuencia.
Complicadas situaciones de exposición se dan, por
ejemplo, en los contraluces, poniendo en apuros al fotómetro
de nuestra cámara, que quiere dividirse entre la
medición de las zonas en sombra y las iluminadas.
Exponiendo para éstas últimas, el fotógrafo
sacará el mejor partido de un contraluz aprovechando
formas, objetos, relieves geográficos o cualquier
otra cosa que haya elegido como motivo principal de su
composición, pues el acusado contraste crea siluetas,
realza el paisaje y da fuerza a la escena.

Uno de los efectos menos deseados en las imágenes
de contraluces, es la aparición de "flare",
término inglés utilizado para designar los
reflejos que, en forma circular o poligonal, se forman
en la película cuando la luz frontal atraviesa
las lentes de nuestro
objetivo. Se puede tratar de evitar o minimizar de varias
maneras: asegurarse de que el objetivo está a la
sombra (se puede utilizar la mano a tal fin), inclinar
ligeramente la cámara hacia abajo siempre que la
composición lo permita, quitar cualquier filtro
que
haya en el frontal de la lente y utilizar siempre un parasol
en el objetivo. En fin, todo aquello que se nos ocurra
y que evite que los rayos de luz incidan direc tamente
sobre la película.
Como vemos, la luz puede teñir los paisajes y crearle
mil máscaras cambiantes de matices únicos.
Cuando está de nuestro lado, es capaz de transformar
escenas anodinas en bellas imágenes. Y el fotógrafo,
mediante la observación continua de la Naturaleza
y
su habilidad para interpretarla y predecir sus cambios,
estará allí preparado para sacar la mejor
imagen.
Filtrar la luz
Asumida la primacía de la luz en la calidad de
una imagen fotográfica y dada la diversidad de
luces perfectas y mágicas con las que la Naturaleza
nos obsequia, ¿porqué entonces se utilizan
algunos filtros en la fotografía de paisajes?
Ya sea por limitaciones técnicas o químicas
de las películas utilizadas, o bien por algunas
peculiaridades físicas de la luz natural, se dan
situaciones en las que
el uso de determinados filtros se hace aconsejable y casi
ineludible. Su utilización ayudará a reflejar
de una manera más fiel y precisa aquello que vemos
a través del visor de la cámara. Entre estos
filtros, los más importantes son los polarizadores,
los degrada dos y los cálidos.
El filtro polarizador es el más usado en fotografía
de Naturaleza y especialmente en la de paisajes. Su uso
elimina los reflejos no deseados que la luz provoca en
la superficie del agua, de las rocas o de las hojas de
los árboles, cuando incide en ellas la luz
intensa del sol. También es útil para reducir
el efecto de las brumas invernales o las calimas veraniegas.
Todo ello conduce a una intensificación de los
colores naturales, siendo especialmente notorio en la
saturación del azul del cielo, que provoca a su
vez un mayor contraste con las nubes, a las que dota de
relieve y dinamismo.

El
efecto del polarizador es máximo cuando situamos
el eje del objetivo a 90º respecto a la posición
del sol, y es mínimo cuando estamos de espaldas
o de frente a él. Hay que ser cautos en el uso
de polarizadores con grandes angulares, pues al abarcar
hasta 80º a lo ancho del fotograma, puede ocurrir
que se vea su efecto de manera acusada en un lado del
mismo y no se aprecie en el opuesto, creando una diferencia
notable en el azul del cielo y estropeando la naturalidad
de la imagen. Además, un abuso del polarizador
con películas de alta saturación de color
como las excelentes Fuji Velvia 50 o Kodak E100VS, puede
producir cielos anormalmente oscuros. Por todo ello, es
necesario ejercer siempre un control previo de la imagen
al utilizar este filtro, vigilando su efecto a través
del visor de la cámara antes de liberar el obturador.

Otro filtro no menos importante, aunque sí más
desconocido, es el llamado filtro degradado. Consta de
una mitad transparente unida a otra mitad oscurecida a
través de una suave zona de transición entre
ambas. Si la mitad oscurecida es de tono gris medio, el
filtro se llama degradado neutro, pues no añade
ningún color a la imagen, y es el más apropiado
en fotografía de paisajes.
El propósito de este filtro es facilitar la toma
de fotografías con un elevado contraste entre una
zona oscura y una zona luminosa. Es el típico caso
de una imagen con paisaje en sombra en la parte inferior
y un cielo luminoso en la parte superior. Si en esta situación
medimos para que el cielo quede perfectamente expuesto,
el paisaje se diluirá en las sombras, perdiendo
todo detalle. Si por el contrario exponemos
para sacar el detalle en éstas, la zona con luces
quedará sobrexpuesta arruinando nuestra fotografía.

A través del visor estas tomas parecen normales,
pues el ojo humano resuelve con facilidad este problema,
pero las películas se encuentran limitadas técnicamente
a la hora de acomodar contrastes lumínicos acusados.
Con el uso del degradado corregimos en gran parte este
conflicto creando un balance adecuado entre las zonas
iluminadas, que situaríamos tras la zona oscurecida
del filtro y las zonas en sombra. Existen degradados con
diferente densidad de oscurecimiento, para ajustarse a
cada situación que podamos encontrar en nuestras
salidas al campo. Los más usados son los que son
capaces de compensar diferencias de 2 ó 3 diafragmas
entre las zonas de
contraste. Por ejemplo, si tenemos una escena con una
colina en sombras, cuya exposición correcta necesitaría
un diafragma de f/8, y el cielo iluminado por encima de
la misma requiere un diafragma de f/22, el uso de un filtro
degradado de 3 diafragmas
proporcionará una correcta exposición. Es
importante prestar atención, para que la línea
de transición de las dos partes del filtro se confunda
suavemente con la zona de contacto entre la colina y el
cielo.

Por último, hablaremos de los filtros cálidos.
Estos están destinados a corregir el efecto que
la luz ultravioleta provoca en las películas, y
que les lleva a adquirir un tono azulado en fotografías
realizadas
en sombra, en los días soleados. Esta dominante
azul confiere un carácter frío a la fotografía,
y para compensarla existen en el mercado estos filtros.
Su denominación más conocida varía
(81A, 81B, 81C), en función de la intensidad de
su efecto. El 81A es el de efecto menos acusado, y se
usa además con frecuencia como protección
permanente de los objetivos frente a polvo, arañazos
o golpes. Los más utilizados
son los 81B y 81C, que añaden una ligera tonalidad
anaranjada que contrarresta la citada dominante azul.

Existen en el mercado una gran variedad de filtros de
todo tipo, y aunque el fotógrafo de Naturaleza
podría en algunos casos agradecer el uso de los
llamados filtros creativos, debe evitar la tentación
de usar aquellos que proporcionan una visión artificial
de la Naturaleza. El fotógrafo debe sacar a relucir
su creatividad en la composición de la imagen,
pero sin transformar la propia realidad que la Naturaleza
nos ofrece. En cualquier caso, el uso de los filtros siempre
debe regirse por la máxima de que las mejores fotografías
hechas con filtros son aquellas en la que no se aprecia
su uso.
©
Roberto Bueno / NS