| 













|
|
Otros
temas
Los
hijos del monte
Urutaú
- Santiago del Estero

Texto
y fotos ©
Belén Etchegaray
Dentro
de la campaña educativa del Proyecto Conservación
Oso Hormiguero Gigante, partimos el 24 de Agosto con rumbo a Urutaú,
al norte de la provincia de Santiago del Estero.
Poco sabía de aquella zona y de ese pueblo, la única
información que manejaba era que se encontraba casi al
límite con la provincia de Chaco, que en la zona era bastante
abundante la presencia del oso hormiguero y que su población
no superaba las 185 personas. Así es como, desde al ciudad
de Rosario, emprendimos el largo viaje de más de 12 horas
en coche, haciendo solo cortas paradas en el camino para realizar
algunas filmaciones, momento en que aprovechaba para registrar
con la cámara todo lo que me rodeaba.
A menos de 400 kilómetros
antes de llegar a la ciudad de Monte Quemado -donde haríamos
base- comenzamos a notar las visibles marcas que va dejando el
desmonte: cientos de hectáreas arrasadas de cuajo por las
topadoras, un monte partido desde su raíz, líneas
inmensas de humo y fuego productos de la quema que, en algunos
casos, se había descontrolado llegando hasta el borde de
las casas. Fue entonces cuando el corazón comenzó
a hacerse un nudo con cada clic de la cámara, ya que en
pocos kilómetros había podido reunir casi la totalidad
de las causas por las que el oso hormiguero está desapareciendo
de nuestro país; solo me faltaba registrar el atropellamiento
de la especie en las rutas para completar esas causas, y lamentablemente
no fue necesario esperar mucho. Hicimos una corta parada en la
intendencia del Parque Nacional Copo para hablar con el guardaparques,
quien nos indicó que a pocos kilómetros de ahí
había visto un oso atropellado en la ruta. La impotencia
crecía con cada kilómetro transitado.
Con todo eso en mi
mente y en mi retina, llegamos a Monte quemado (a 330 km de la
ciudad capital) al atardecer. Allí pasaríamos la
noche para al día siguiente, compartir un día con
los maestros y alumnos de la escuela 1018 de Urutaú, destino
principal de nuestro viaje.
Al día siguiente
y aunque el cuerpo aun no había terminado de recuperarse
del largo viaje, la ansiedad hizo que me levantara antes de la
hora acordada con el resto del grupo. Estando en la cama me llamó
la atención el ruido de una motosierra -proveniente del
aserradero que se encontraba en frente al hotel-, por lo que no
dudé en levantarme, tomar la cámara y salir a caminar
unas pocas cuadras viendo como de a poco el pueblo se ponía
en movimiento.
Una hora y media
más tarde, Reina Altamirano, la directora de la escuela
y Raquel, una de sus maestras, estaban en la puerta del hotel
esperándonos. Ellas serían las encargadas de guiarnos
hasta Urutaú y hacia allí partimos Guillermo Pérez
Jimeno (asesor científico del Proyecto Conservación
Oso Hormiguero), Pablo Ramazza (encargado de filmar el viaje)
y quien escribe, responsable de registrarlo todo con su cámara
de fotos.
En el camino nos detuvimos a esperar a otro de sus maestros; luego
supimos que ese mismo recorrido Reina lo realizaban todos los
días, en donde sale de Monte Quemado con su coche y va
levantando en el camino a maestros y alumnos para que ir hacia
la escuelita rural, "a la que no falta nadie por más
que el clima se ponga bravo".
Después de
unos kilómetros por camino asfaltado, tomamos por un camino
de tierra hasta llegar a la escuela, donde nos estaban esperando
los chicos. Nos sorprendió encontrarnos con una linda cantidad
de ellos, dado que la escuela funciona como tal de lunes a viernes,
por lo que la asistencia un sábado era totalmente voluntaria
por parte de ellos; así y todo no faltó ninguno
e incluso, se acercaron algunos ex alumnos para compartir la mañana
con nosotros, muchos de los cuales tuvieron que caminar o andar
en bicicleta varios kilómetros para estar presentes.
Urutaú, es
un pueblo humilde que se encuentra a 17 km del limite con Chaco,
su principal fuente de trabajo es el monte. No tienen representantes
ni instituciones de gobierno, apenas una comisaría sin
comisario y una iglesia donde el cura va una vez a la semana,
pero de quien se destaca el trabajo que viene realizando con los
jóvenes de la zona.
En otras épocas era un pueblo con grandes almacenes, los
que eran el orgullo del pueblo, pero cuando el tren dejó
de pasar, el pueblo comenzó a morir de a poco. Los jóvenes
se fueron a las ciudades para estudiar o trabajar, y hoy solo
se pueden encontrar 180 almas a la buena de Dios.
Como si la ausencia
del tren y la falta de trabajo fueran poco, Urutaú tiene
otro problema importante: el agua. Con menos de 10% de humedad
en invierno, y una temperatura que supera los 42 grados centígrados
en verano, la falta de agua es un problema mayor. En la actualidad
una "represa" -que se alimenta de un río de poco
caudal y de aguas subterráneas- es la que suministra el
agua a la población; pero el problema radica en que dicha
agua está contaminada por arsénico,
dándose a conocer que gran parte de sus pobladores -y entre
ellos el 20% de los chicos-, se encuentran afectados (más
datos sobre el tema: clic
aquí).
La escuela 1018 por
su parte, se encuentra muy bien equipada, y esto es gracias al
trabajo incansable de su directora, maestros y sus madrinas, quienes
desde hace más de 10 años, ayudan a que la escuela
no le falte lo indispensable para la educación de sus hijos
(más datos clic
aquí).
Así es como comenzó nuestro día, rodeados
de chicos curiosos que no dejaban de observarnos expectantes y
con la cordialidad impagable de su directora y maestros que se
abrieron de par en par desde el mismo momento en que nos presentamos.
Luego de una charla
de presentación con docentes y alumnos, desayunamos todos
juntos, aprovechando la oportunidad para comenzar a hablar con
varios de ellos.
Más tarde, nos sorprendieron con una obra de teatro donde
no falto el oso hormiguero, el monte, la tortuga y las motosierras
como parte de los personajes de la obra. Bailaron danzas típicas
y musicalizaron la mañana cantando algunas de las canciones
folklóricas más conocidas. Imposible era tratar
de evitar que saltaran las lágrimas de emoción ante
semejante demostración de respeto, amor y valorización
de la tierra que los vio nacer y la que, indefectiblemente, sienten
que le van quitando hectárea a hectárea.
Repuestos de la emocionante
bienvenida, la directora y los chicos nos llevaron hasta un algarrobo
centenario -orgullo de la escuela- el cual era el símbolo
del monte. Sus enormes ramas parecían tocar el cielo en
un sinfín de brazos que se alzaban a modo de ruego silencioso,
bajo una tierra seca y resquebrajada que a pesar de su sequedad
lo mantenía vivo, en pie y creciendo. Todo un símbolo
de la supervivencia de ese pueblo orgulloso de su raíces
y su historia, que se niega a dejar la tierra que lo vió
nacer.
Hablar con los chicos
y con sus padres, escuchar sus historias de vida, fue en lo personal
una manera de meterme de un solo golpe dentro de una realidad
muy diferente a la de las grandes ciudades. Sus ojos llenos de
vida conocían el monte al detalle y cada animal que en
él habita; por eso no fue extraño que todos conocieran
al oso hormiguero, ya sea porque lo habían visto o por
los relatos de sus padres cuando salían a trabajar al monte.
Todos hablaban de los animales con familiaridad, pero hubo un
relato que me llenó de asombro y fue el de un niño
que nos brindó una clase culinaria al detalle de cómo
había que cocinar la carne del oso hormiguero para que
tuviera mejor sabor o para que fuera mas blanda, e incluso nos
contó que no hacía mucho su padre habían
tratado de criar a un cachorro de oso con leche de cabra, pero
que no "les aguantó" más de dos o tres
días.
Por suerte para quienes trabajamos en el Proyecto Conservación
del Oso Hormiguero, este relato gastronómico, solo se limitó
a una familia; siendo que la mayoría caza para alimentarse,
sus preferencias a la hora de cazar pasan por el "guazuncho"
(corzuela), el "chancho de monte" (pecarí), o
el plato mas común que es la cabra. Así y todo,
no negaban poner trampas para cazar al "león"
(puma) que suele atacar sus cabras, o algún zorro por cuya
piel les pagaban 18 pesos. "No, osos no, esos son peligrosos
y la carne es muy dura. Cuando le veo, le dejo ir" era la
respuesta más común y que a nosotros más
nos alentaba. "Cuando estoy en el monte, suelo ver sus huellas,
son como las de un niño pequeño sobre la tierra".
Los relatos se fueron
sucediendo en la medida que visitábamos las casas de los
pobladores, y no era extraño escuchar reiteradamente "cada
vez tenemos que ir más lejos a trabajar en el monte o para
encontrar algo que cazar", "estamos esperando a las
topadoras, están cada vez más cerca" o lo más
triste de todo: "desmontan para sembrar soja, pero ya se
ha visto que con tres años de cultivo de soja, el suelo
ya no sirve más... entonces nos quedamos sin soja, sin
monte y sin trabajo".
El sol comienza a
bajar y nosotros nos despedimos de Urutaú y su gente, sintiendo
que nos llevábamos muchísimo más de lo que
le pudimos dejar.
Al día siguiente, nos levantamos antes que saliera el sol
y emprendimos el regreso. Los primeros kilómetros fueron
en silencio, como tratando de asimilar las historias, las caritas
de los chicos, sus pies curtidos, sus manos marcadas por el arsénico
y esa tierra a la conocen y aman; asi como manos fuertes y marcadas
por el hacha de sus mayores después de años de trabajar
en el monte y ese brillo en los ojos que se fortalecía
cuando recordaban "otras épocas".
Transitamos unos
pocos kilómetros y como si todas las fotografías
tomadas no fueran suficientes, encontramos la que más me
dolería en el alma: tendido al costado de la ruta, tal
cual nos había indicado el guadarparque del PN Copo, encontramos
al oso hormiguero atropellado.
Volví a tomar mi cámara sumando más impotencia
a la ya acumulada, esperando que el registro sirva para concientizar
a más personas de esta realidad lejana a las capitales
pero tan cerca de todos nosotros. Miré por el visor y me
demoré en presionar el disparador... el oso tendido estaba
a pocos metros del monte donde es libre, y a pocos metros de él...
marcadas señales del desmonte y una ruta fruto de la "civilización"
y el "progreso".
Ahí no terminó el asombro. Kilómetros más
adelante, nos encontramos con un vendedor en la ruta que tranquilamente
ofrecía un mono carayá cachorro a pocos metros del
control policial de la ruta. Fue entonces cuando se me quedó
grabada en la memoria los ojos tristes de esa cría y sus
gritos desesperados cuando el "vendedor" lo ofrecía
con constantes mentiras como: "no, no crece más que
esto", "es así de mansito", a sabiendas
que un mono adulto llega a pesar 8 kilos y que su instinto salvaje
es amenguado a golpes y alcohol para poder mostrarlo "mansito"
a los posibles compradores (más información sobre
el tema clic
aquí ).
La indignación parece no tener fin y los ojitos tristes
como sus gritos se me clavaron en la memoria como tantas otras
imágenes imposibles de borrar.
Duele hasta las entrañas
que la inconciencia colectiva solo permita que veamos el hoy sin
detenernos a pensar que el mañana está demasiado
cerca, sin ser concientes que de continuar el ritmo actual, es
muy factible que la próxima vez que regresemos a Urutaú
ya no haya monte que ver, ni animales que defender, ni pobladores
que sobrevivan al "progreso".
Seguimos viaje sintiéndonos
como la leyenda del Urutaú: llorando nuestras culpas y
llamando a nuestros hermanos del monte para pedirles perdón.
© Belén Etchegaray / FNA
Diseño, imagen y fotografías
Proyecto Conservación Oso Hormiguero Gigante
Es un pájaro
oriundo de la zona del Chaco. Muchas son las historias que se
cuentan sobre su origen.
Esta es una de ellas.
Cuenta que al fallecer sus padres, una hija y un hijo quedaron
viviendo juntos en el monte.
La hermana no quería complacer a su hermano en nada.
El le traía la leña y la comida y también
le hacía regalos, pero la muchacha se negaba a ser amable
con él.
Un día llegó de la selva cansado y hambriento y
le pidió a la joven que le diera de beber, entonces ella
derramó el agua fresca frente a sus ojos sin compartirla.
Otro día hizo lo mismo con la comida que acababa de preparar.
El hermano estaba furioso, y más aún cuando llegó
al hogar y la encontró jugando y riendo con un mozo de
otra tribu.
El mordió su rencor y no dijo nada. Se durmió como
si estuviera agotado.
Por la mañana la invitó a recoger unos huevos de
pájaro que había divisado en lo alto de un enorme
quebracho.
La hizo subir primero y él la siguió.
Cuando la muchacha estuvo en lo más alto del árbol,
él descendió deprisa cortando a su paso las ramas
para que ella no pudiera bajar.
Cuando llegó al suelo se alejó, satisfecha su sed
de venganza.
La joven india quedó en lo más alto, presa del miedo.
Al caer la noche llegó al colmo de la desesperación
al ver que su hermoso cuerpo comenzaba a transformarse. Las piernas
se convertían en garras para sostenerla asida al árbol
y sus brazos comenzaban a emplumarse mientras que ella, desesperada
llamaba al joven con gritos desgarradores. ¡Turay! ¡Turay!
(¡Hermano! ¡Hermano!). Desde esa noche el urutaú
puebla las noches chaqueñas y llora su culpa llamando al
malvado hermano para conseguir su perdón.
|